451 en la Plaza de la Libertad (ex-Zucotti Park)

8 dic
Escrito por Peter Linebaugh para Sin Permiso

Traducción  de Lucas Antón

La destrucción con nocturnidad y cobardía de más de cinco mil volúmenes de la “Biblioteca Popular” la semana pasada, un depósito de conocimiento reunido por el movimiento “Ocupa Wall Street” exige el más vigoroso contrapeso. El alcalde Bloomberg de Nueva York ordenó dicha destrucción, que fue coordinada desde luego con Wall Street y la Casa Blanca.

Que el número 451 se convierta en su matrícula, que sea su número de Seguridad Social, que pase por contraseña de sus miles de millones, que sea su absoluto carné de identidad, pues el mundo hoy le conoce como aquel que llevó a cabo la distopía de la quema de libros descrita en Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury, que se saben todos los alumnos de los institutos norteamericanos.

O bien podría compararse la destrucción efectuada en el Parque Zuccotti a la quema de libros en la Alemania de 1933. Las hogueras alemanas movieron a un camarada de 1968 a colocar en el lugar de la horrenda acción de los nazis una placa con las palabras que Heinrich Heine escribiera en 1821:

wo man Bücher verbrennt,
Verbrennt man
Auch am Ende Menschen

que viene a significar poco más o menos, ‘allí donde el hombre empieza por quemar libros termina quemando gente’. Existe, por supuesto, una diferencia entre 1933 y 2011. La distancia entre el gas del holocausto y las quemaduras del pulverizador de pimienta es substancial, pero se trata de una distancia que sigue un continuo químico semejante y comparte el mismo miedo a las ideas. Aunque los plutócratas están confabulados con los belicistas, ya no están organizados como capital nacional y social, el capitalismo está hoy globalizado, nos dicen constantemente, no es nacional ni social. Sin embargo, nosotros, el 99%, estamos en todo el mundo y somos cada vez más sociales.

Los libros del Parque Zuccotti Park se apilaron en contenedores pertenecientes al departamento de sanidad pública. El pretexto de la destrucción era “limpiar” el parque, el cual, según afirmó el alcalde, estaba lleno de “porquería”. Esta retórica es la de Mein Kampf. Pero nadie se engaña. Estos actos son intentos deliberados de destruir las ideas y los muchos “síes” del movimiento contra el neoliberalismo, y nuestra absoluta negación de la blasfema noción de que el dominio del 1%, con sus guerras, sus deudas y trabajos es inevitable y eterno.

Arrasar con los libros es signo de los tiempos tanto como la deliberada destrucción de las antigüedades y la Biblioteca Nacional de Bagdad. En el caso de Mesopotamia, los libros contenían la sabiduría de las primeras ciudades de la historia humana; en el caso del Parque Zuccotti, la sabiduría era a buen seguro la de las próximas ciudades de la historia humana. Bueno, no sólo de las ciudades. Evidentemente, el país y los mares y la estratosfera son lugares de porquería y destrucción que necesitan reparaciones. Hasta el jubileo bíblico del perdón de la deuda, la manumisión y la restauración de la tierra entraña un tiempo de barbecho para dar a un descanso al suelo.

Hoy en día el 1% espera toda clase de respeto, como si el dinero lo otorgase, mientras que nosotros, el 99%, nos vemos degradados y devaluados. Nuestra riqueza no es lucro asqueroso. Nuestra riqueza consiste en ideas, consiste en nuestros libros, consiste en la prefiguración de nuestra relación con los demás. Nuestra riqueza se cifra en nuestras asambleas en las que el “micrófono del pueblo” nos devuelve a la etimología de asamblea, ecclesia, que significa “convocar”.

A las pocas horas, se repitió la convocatoria y la gente volvió a re-unirse al objeto de re-constituir el movimiento para ocupar Wall Street. Entre las señales había una que sin duda era una llamada: “Arrest one of us; two more appear. You can’t arrest an idea!” [“¡Detienes a uno, y otros dos vienen, que las ideas no se detienen!”]. Las ideas no son “cosas completamente muertas”, como dijo Milton (Areopagitica, 1644), “son tan animadas, tan vigorosamente productivas como esos legendarios dientes de dragón, y sembradas aquí y allá, pueden acabar brotando como hombres armados”. Escribía en medio de una guerra civil; nosotros podemos decir que estamos armados de libros e ideas. Nuestras ocupaciones, aquí y allá, y por doquier, las encarnan. No hay más que ser testigos de la elocuencia de voz queda y la sólida compostura del bibliotecario de “Ocupa Wall Street” en la rueda de prensa de antes de ayer para comprender esta ecclesia.

Esta – la relación entre palabras y hechos – es la cuestión esencial. La Ocupación de Wall Street tendía hacía una unidad de acción y habla, pues la acción de la ocupación creó la asamblea en la que podía darse el hablar claro y alzar la voz. La discusión resultante crea el conocimiento del futuro revolucionario. La lucha por las ideas es una lucha por el espacio: así pasaba en las colinas y montañas de las guerrillas de liberación, y con los campesinos y soldados de los soviets, ese fue el caso de los pequeños granjeros y artesanos de la guerra civil inglesa, y el de la cancha del juego de pelota en la que empezó la Revolución Francesa de 1789; así ocurrió en el Zócalo de Oaxaca; y fue lo sucedido en innumerables acampadas históricas en bosques y campas, de la rebelión de Kett a los zapatistas de Chiapas. En todos estos lugares fue la combinación de ideas y gente en asamblea en algún espacio real, ocupado, la que resultó creativa: las ideas por si solas quedan rápidamente sofocadas en cubículos de estudio aislados, las multitudes por si solas se vuelven estúpidas rápidamente en los estadios de los deportes permitidos. Cuando se unen nuestro movimiento se pone a la altura de su nombre. Puede empezar la historia. De ahí que nuestros enemigos tengan la necesidad de reprimir nuestros hechos y nuestras ideas. La protección de esta relación entre ideas y asamblea es lo que olvidó la Constitución norteamericana y hubo que arreglar enseguida la primerísima enmienda.

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